Por qué no
Ximena Peredo
Periódico Reforma
6 de marzo 2006
¿Se ha dado usted cuenta que todos tenemos bien claro por quién no vamos a votar? En las charlas informales sorprende la radicalidad con la que aseguramos un repudio hacia tal o cual candidato. Nos sentimos muy tranquilos con el rechazo que planteamos, como si eso nos hiciera ser parte de la gente que sabe lo que quiere. El problema es que en realidad sucede todo lo contrario, aferrarnos a una negativa no debe apaciguarnos. Maldecir al candidato del compadre o conocer el negro pasado del candidato de la comadre es sabroso, pero no es constructivo.
¡Cuántas veces he escuchado que si gana tal "me voy del país"!, ¡cuántas veces me han dicho que si gana tal "sería la perdición definitiva"!, pero nadie me ha sabido explicar por qué tan apocalípticos augurios. Es decir, sabemos quién no, pero ni siquiera sabemos por qué no. Somos radicales y hasta nos indigna mencionar el nombre del candidato odiado, pero a la hora de exponer motivos se nos cierra la boca o repetimos una y otra vez lo mismo que en realidad no dice nada: "porque es un populista", "porque es bien mocho", "porque es un gángster" y de ahí no nos sacan.
También hay una postura mucho más cómoda. Recortar a los tres candidatos con el mismo desprecio. Terminar la exposición del odio tripartito y enfrenar la pregunta "¿y entonces quién?" Cierto, las opciones son raquíticas y el ánimo está desmejorado como para volver a creer o depositar nuestra fe en alguno. Sin embargo, pienso que no podemos caer en la equivocación de culpar a los candidatos de nuestro hartazgo, al menos no totalmente.
Yo he estado en esa situación de angustia de no tener por quién votar y de sentirme frustrada por tener que hacerlo aun a pesar de no estar convencida de las opciones. Hoy encuentro en mí una responsabilidad ante mi hartazgo.
En gran medida nosotros, la ciudadanía, abandonamos la esfera política so pretexto de indignación. Nos parecen "corrientes", rateros o prepotentes que no merecen nuestro tiempo y, claro, ellos no, pero el país lo reclama.
Nos estamos equivocando al llenar nuestros tres costales de negativas. De ninguna forma quiero aquí defender ni campañas ni plataformas, pero creo que un rechazo irracional sólo evidencia desinformación.
Nos hace falta conocer más o fondo a los candidatos y leer sus propuestas. Si aun así no nos convence ninguno, al menos estamos siendo responsables y podemos argumentar nuestra negativa, lo que siempre será constructivo para el debate de la sociedad civil.
Estamos pasando por momentos difíciles que enrarecen más el ambiente electoral, pero de ninguna forma puede esta coyuntura volcarnos a cometer un error aún más grave que los anteriores: el abstencionismo. No podemos dejar de ir a la casilla el próximo 2 de julio, eso sería escupirle a la madre que parió nuestra incipiente democracia. No hay argumentos a favor del abstencionismo. Quien quiera hacerle saber al sistema su rechazo puede considerar la anulación de su voto, pero nunca el abstencionismo.
Si somos capaces de ver caótico el panorama político, probablemente podamos reconocer que como ciudadanía no hemos hecho lo suficiente. No es únicamente nuestra responsabilidad, pero sí puedo reconocer que abandonamos la trinchera desde la que nos correspondía vigilar a las autoridades. Es claro que también somos causa de la degradación política y de la crisis de legitimidad, aunque por supuesto no los más culpables ni los únicos responsables.
Es necesario mudarnos del discurso negativo al positivo, seguro tendremos un debate mucho más constructivo.

Jorge Aguilar Acosta es consultor en comunicación y relaciones públicas. Actualmente cursa el último semestre de la maestría en Análisis Político y Medios de Información en el ITESM, Campus Ciudad de México.